Desierto del Wadi Rum. Jordania

Texto y Fotos: Mario Cruz Leo

Si ya es magnífico el paisaje, al ocaso se hace majestuoso, las sensaciones vuelven a cambiar y lo mejor es disfrutarlo en silencio, en comunión con los elementos, si puede ser tú y el desierto solos y así seguir una parte de la noche, desde la Haima, observando las estrellas, o la luna, o ambas, aunque una le quita protagonismo a las otras cuando esta llena.

La magia del desierto del Wadi – Rum empieza a percibirse mucho antes de llegar a él.

¿Cómo será realmente? La mente no para en conjeturas mientras el autobús se desplaza a buena velocidad, en dirección sur, por la autopista del Rey. Atrás queda la fascinante Petra, Patrimonio de la Humanidad más que merecido y tan loada por escritores, periodistas, visitantes y todo el que a ella llega. El mayor tesoro jordano.

Hacia el oeste comenzamos a divisar lo que constituye el desierto del Wadi Rum, con sus formaciones montañosas y sus amplios valles de arena, apenas perceptibles aún, por la lejanía, que se hará cercana en pocos kilómetros e inundará nuestros sentidos.

Las sensaciones son distintas, la  percepción del paisaje no se corresponde con el típico desierto, que imaginamos, en el que abundan las dunas.

Tenemos delante de nosotros 840 kilómetros cuadrados de arenas, montañas de arenisca parecidas a las de Petra, formaciones basálticas que retienen bajo sí el agua de lluvia formando auténticos aljibes naturales; más montañas, ahora de granito, ahora de pizarra y después, para completar la variedad, de cuarzo pirita, aunque estas son mucho más escasas. Las dunas son contadas en este desierto aunque hay algunas. Los restos de lagos salados aparecen de un color blanco sucio en el paisaje.

La vegetación es escasa, como no podía ser menos, aunque en ciertos lugares abunda y en sus alrededores se asentaron diversas tribus a lo largo de los siglos siendo los beduinos los más característicos y los que aún perduran.

Se conocen asentamientos humanos en el Wadi desde el año 700 antes de Cristo, correspondientes a la tribu de los Zalmudiines provenientes de la Península Arábiga, que dejaron su impronta en la roca en forma de tallas con diversos motivos, siendo uno de los principales la caza y el modo de vida cotidiano.

Uno de los lugares más importantes con tallas en la roca es Khazali, una inmensa montaña color ocre que conserva canalizaciones de la época de los Nabateos, tallas de los almudines, donde aparecen escenas de caza del Orix del desierto, desaparecido en 1.940 y  actualmente con un programa de cría en semilibertad en la reserva de Shaumari, para su reintroducción en el desierto de Wadi entre otros lugares de Jordania. Este programa de cría también incluye al Onagro o burro persa, avestruces y gacelas.

Del pasado marino de la zona dan cuenta los hallazgos de fósiles de conchas, algunas de un tamaño majestuoso.

Zona de paso tradicional entra Aqaba, entrada a Jordania por mar, y Damasco en Siria o Egipto, el desierto forma parte de la gran Ruta de la Seda y la ruta de la Especies procedentes de la India, donde las caravanas de comerciante intentan ser controladas por los Nabateos, habitantes de Petra.

Por el desierto del Wadi Rum discurre la línea férrea que procede de Aqaba y se dirige a Damasco, con una particularidad, en su parte sur se dedica solamente al transporte de mercancía, sobre todo fosfatos y es a partir de Amman que se utiliza también para transporte de viajeros hacía Damasco.

Cualquier ruta que hagamos por el desierto la haremos en compañía de un guía nativo, ya que la explotación turística del Wadi corresponde a sus propios habitantes, según un decreto proclamado por el Rey Hussein.

Se pueden realizar tramos de caminada, tramos de ascensión, recorridos en 4×4 y en camello. Así podemos visitar los distintos puntos de interés de la zona, siempre entendiendo que el desierto es muy duro, hace mucho calor, caminar por la arena se hace pesadísimo, montar en camello, si no estamos acostumbrados (lo normal) es garantía de dolor de todo, pero vale la pena.

Seguir los pasos a Lawrence de Arabia por este desierto es labor costosa, en el amplio sentido de la palabra. Thomas Edward Lawrence, que es su verdadero nombre, era galés, y se convirtió en un personaje, ensalzado por unos y denostado por otros, muy importante para el pueblo Jordano por su labor ejercida en la Guerra de la Independencia.

Quedan restos de los aljibes utilizados por Lawrence para almacenar agua, lo que se llama  Pozo de Lawrence, aunque lo más destacado son los alrededores de su ubicación, unas montañas espectaculares a las que se puede subir en un par de horas y obtener magníficas vistas del Valle de la Luna.

En este paisaje extraordinario, como no podía ser menos, se encuentran formas caprichosas. En distintos lugares y con distinta accesibilidad, existen 5 puentes de piedra esculpidos naturalmente por el agua y el viento, uno de ellos exigente para su disfrute, el Jebel Burdah situado a 1.754 m. de altitud y otros cuatro mucho más accesibles y sólo conocidos por los guías locales.

Si ya es magnífico el paisaje, al ocaso se hace majestuoso, las sensaciones vuelven a cambiar y lo mejor es disfrutarlo en silencio, en comunión con los elementos, si puede ser tú y el desierto solos y así seguir una parte de la noche, desde la Haima, observando las estrellas, o la luna, o ambas, aunque una le quita protagonismo a las otras cuando esta llena.

Y el amanecer, temprano, a las seis, hora ideal para disfrutar el Alba, y subirte a un globo para obtener otra visión, la del ave, escasísima por estos lares y a la que nunca podremos emular en el vuelo pero sí disfrutar desde las alturas del paisaje amplio, ahora sí hasta perdernos en el horizonte, y más allá.

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